4.8.08

Recurrencia

María aguardaba con impaciencia en el pasillo al doctor. Por más desagradable que siempre le hubiese parecido, había estado masticando el borde externo de las uñas de sus dedos producto de la ansiedad y, por primera vez en su vida, odió no haber desarrollado nunca el hábito de fumar.
Finalmente el doctor apareció. No pudo sostenerle la vista y ella interpretó aquello como un augurio nefasto. Se estremeció y justo cuando el médico se disponía a hablarle, ella lo interrumpió.
- ¿Cómo está doctor? ¿Está muy grave? Digame por favor que se va a recuperar. Pero, ¿qué es lo que le pasa? Hable hombre, por amor de Dios.
- Tranquilicese, señora Trujillo. Su marido se encuentra estable y en poco tiempo lo tendrá con usted en su casa.
María suspiró, su cuerpo temblando, y con las lágrimas rebosantes en sus ojos rió histéricamente. Su euforía no obstante sería aplacada con precisión de cirujano.
- Sin embargo, señora, debe saber qué la condición de su esposo es delicada y no hay mucho que podamos hacer. Lo derivaré inmediatamente a un psiquiatra para que lo trate y lo acompañe, pero no creo que su condición sea modificada por el uso de narcóticos. A lo sumo se lo podrá sedar.
- Pero doctor... ¿qué me dice? ¿Qué es lo que tiene mi marido?
- Me temo que su marido sufre de misantropía, señora. Ello explica la excesiva irritabilidad de la cual nos habló y también da cuenta de la razón por la cual se cometió esas lesiones a sí mismo. Verá usted. Generalmente quienes se odian a sí mismo suelen destrozar los espejos que les devuelven su propia imagen. Eso hacen por lo menos los criminales con sus víctimas, a quienes ven como tales. Por ello, además, hay quienes tienen una gran propensión a irritarse por el desprecio de los otros. Algunos colegas míos sostendrían que en un caso de autovejamiento como el de su marido el paciente infiere sobre sí mismo el odio que por distintas razones no se atreve a inferir sobre otros. Estas razones pueden ser sentimiento de culpa, miedo a ser reprendido, imposibilidad material o cualquier otra cosa que los conduzca a afirmar que dentro de un corset social al individuo no le queda otra opción más que permitir que su violencia se exprese sobre aquel pequeño espacio de libertad y soberanía del que dispone. Por el contrario, yo sostengo que su marido se ha inflinjido daño a sí mismo por el odio que tiene para con los demás, por reconocerse uno de ellos. En algún sentido - debemos reconocercelo al hombre, claro - no ha incurrido en el necio y cobarde estratagema del aspirante a misántropo que consiste en negar su propia pertenencia al grupo que aborrece. Diría yo que sería más fácil odiar a los otros y practicar el discurso beligerante del héroe herido en la tierra de los infames. Es lo que hacen el marxista, el peronista, el energumeno prepotente de la camioneta 4x4, el colectivero, la viuda de barrio norte, el rockerito, el chupasirios, el pequeño empresario, el oligarca, el sindicalista, el chorro y el empleado público. Son resentidos que se aferran a los chivos expiatorios que les eximen de culpa, porque si hay algo que todos sentimos por el sólo hecho de existir, señora, es culpa. Sólo hay un mayor resentido que aquél que no goza de los beneficios del sistema, y es aquél que los goza.
María no entendía nada. ¿De qué carajo le hablaba ese hombre y de dónde salió toda esa mierda? Ella tan sólo quería saber cómo estaría su marido y sentía que el tipo se estaba perdiendo en un monólogo narcisista.
- ¿Puedo verlo? Necesito ver a mi Eustabio.
- Sí señora, puede verlo, pero no creo que pueda hablarle. En estos momentos deben haberle hecho total efecto los sedantes que le aplicamos. Pero si insiste, acompañemé. Por aquí por favor.

María tomó su mano con las suyas y lo miró en silencio. En el pasillo se escuchaba a dos enfermeras susurrar y reir esporádicamente. La grisasea luz invernal que se colaba a través de las polvorientas cortinas le imprimían un aspecto más frío a la habitación. Independientemente de las drogas que hubiesen utilizado y en las cantidades que las hubieren suministrado, Eustabio aún gemía, aunque no con la intensidad de hace unas horas atrás, y sus extremidades se ponían rígadas alternadamente, aunque sin la frecuencia anterior. Confundida e impotente, María lloró. Sintió nuevamente la vulnerabilidad que sólo antes de conocerle, al pelearse y cortar relación de forma definitiva con su padre por sus accesos violentos.
Al despertar al día siguiente, Eustabio se mostró primeramente confundido y con posterioridad abiertamente molesto. Insistía en que lo que le había sucedido había sido un accidente e intentó infructuosamente agilizar su alta médica. Si bien hizo caso omiso, se percató de la distancia y la frialdad extraños con los que su mujer le había tratado. Luego de una serie de discusiones y de la intervención de distintos profesionales médicos, logró el alta con el compromiso de someterse a un tratamiento y de no cortar con las drogas recetadas.
La gris monotonía preñó los días sucesivos y entre los Trujillo cada vez se hizo más extraño el intercambio de palabras. Las visitas al terapeuta fueron prontamente abandonadas pero de alguna manera Eustabio se las ingenió para conseguir muchas dosis de los sedantes que le habían recetado. Esa situación de aislamiento y ostracismo, ese retiro recetado, sumado a la si bien inevitable compañía de su mujer, ahora por lo menos silenciosa y distante, le sentaban muy cómodas. Comenzó a gozar cierta satisfacción. Descubrió que hacía mucho tiempo que no sentía la paz que ahora sí. María no había expresado malestar alguno con la situación, pero sin embargo no se la veía conforme con la misma tampoco. En algún punto era inquietante su comportamiento, pero Eustabio no quería arruinar la dicha conquistada a fuerza de drogas y silencio. La sabía frágil y prefería disfrutarla mientras durara.
Sumidos en ese claustro que anteriormente habría aspirado a ser un hogar, los ritos fueron perdiendo razón de ser y el único reloj que terminó imperando sobre la pareja fue el biológico. Eventualmente, María comenzó a pasar mucho tiempo en la cama. Con el pasar del tiempo prefirió ya no levantarse. Eustabio vió así como su alegría se veía progresivamente asaltada por una rara y molesta ansiedad.
Antes de que falleciera María, en la aquella clínica donde meses atrás se había mordido las uñas, el mismo hombre que en aquella ocasión le diagnosticó misantropía a su marido ahora le daba su parte médico al señor Trujillo.
- Ciertamente es ésta una situación trágica, señor Trujillo. Debería saber usted que cuando conocí a su mujer en aquellas horas tan angustiosas para ella causó en mí tan honda impresión que desde entonces no he podido olvidarla. Su lealtad hacía usted, ese amor úfano que le profesaba, tan evidente hasta para el más despistado y que debo reconocer me causó no poca envidia, parecían propios de una tragedia isabelina. Y es ahora el momento en el que comprendo que aquel turbulento presentimiento tenía su razón de ser, pues ella, como Romeo fue hasta su catacumba a buscar a su amor, y como Julieta, quiso morir junto al cadáver de su amado. Su estado es actualmente muy delicado y el desenlace inevitable no se hará esperar. Me temo que ahogada en la desesperación, decidió montarse sobre ese pegaso oscuro que es la depresión y que en su afán de llegar hasta donde usted se encontraba tuvo que permitir a cambio que su espíritu sea consumido por el cáncer de la apatía. Pero no se ponga mal hombre, yo en su lugar estaría orgulloso. Ya casi no se ven estrellas en el firmamento, mucho menos tan brillantes como la del sentimiento radical de amor que su mujer le profesaba. Junto con mis disculpas, acepte mi humilde y franca envidia.
Habiendo tenido por bautismo de fuego el funeral de su mujer, desde entonces Eustabio se comprometió religiosamente a la bebida, y, en más de una ocasión, en alguna de sus tristes borracheras, lloró a carcajadas su humillante secreto: la muerte de María, su martirización, además de ser lo más bello que jamás nadie pudiera haber hecho por él - y si bien significó un diestro y certero martillazo que resquebrajó la consistente certeza de su misantropía - le confirió de sentido a su vida, pero un sentido que más que haberla hecho valiosa de ser vivida, la hizo valiosa de ser sufrida.

17.5.08

Lolita

Golpeó la puerta de madera suavemente y luego lo hizo con un poco más de determinación. Cuando finalmente le abrieron, Federico ingresó con la misma sonrisa tímida de siempre, excusándose por haber llegado diez minutos temprano a la que sería la primer sesión que atendería la psicóloga ese lunes. La secretaria, una señora de fácil sonrisa y pocas palabras, le explicó que tendría que esperar unos minutos y le señaló un banquito de madera en la recepción donde podría hacerlo. Le preguntó si había traído la información pendiente de su ficha personal, aquella que no había traído consigo en la primer entrevista, a lo que Federico respondió orgulloso que sí. Bien, espere entonces allí que la Licenciada lo llamará en breve, yo ya vuelvo, dijo la pequeña y ancha señora y cerró la puerta de entrada tras de sí.
Federico caminó lentamente por el pasillo y se sintió un poco como en la casa de sus abuelos. La ocasión anterior, por los nervios y también por despistado, no había reparado en las paredes cubiertas de madera hasta la altura del hombro ni en el tapiz verde oscuro con pequeños ribetes, razón por la cual, en conjunción con el amueblamiento de roble, podía percibir esa atmósfera oscura, ordenada y apacible tan asociada a las tardes de su infancia. Una vez sentado en el banquito de madera, algo angosto para un hombre de su estatura, se sorprendió al observar no sólo que la puerta del consultorio estaba entreabierta, sino además que se escuchaba como hablaba una paciente desde adentro. No debía tener más que 8 o 9 años de edad, si bien hablaba con una fluidez poco común para alguien de su edad. Desde su ubicación se inclinó un poco hacia la izquierda y la pudo ver perfecta e impunemente. Se encontraba recostada sobre el diván con comodidad, vistiendo un amplio y pesado vestido azul oscuro y sobre él un chalequito rojo de hilo. Su cabello, cuidadosamente arreglado, lucía unas colitas también rojas que la hacían ver más pequeña aún.
Al principio pensó en acercarse y cerrar la puerta, excusándose al hacerlo o en total anonimato, pero la indecisión se apoderó de él al considerar que ello podía ser leído como una de esas acciones llamadas a señalar la propia presencia y ejercer cierta presión para que den por concluída la entrevista con la hermosa criatura. Además, por regla general evitaba la exposición. Y como tampoco tenía mucha prisa y agradecía unos minutos menos de sesión, sumado al hecho de que le provocaba algo de curiosidad y admiración la elocuencia con la cual la pequeña se refería a su vida personal utilizando para ello un alto registro, decidió quedarse muy quieto en su ubicación y pretender que no oía nada, cuando en realidad las características acústicas del consultorio facilitaban que ocurriera exactamente lo contrario.

No estoy segura de que sea su culpa. Él siempre se comportó así, fue educado para ser así. Sin lugar a dudas, Graciela, a Aitor le satisfacería enormemente saber que desde que comencé a venir a tratarme con vos el 90 % de nuestras conversaciones lo tienen a él por objeto. Justamente a eso es a lo que me refiero, es su entorno el que le ratifica constantemente que él es centro, que el mundo gira en torno a él.
Es un tipo muy astuto. Juega constantemente con las culpas que uno pueda llegar a sentir y las aprovecha a su favor. Generalmente lo hace desde un discurso rigidamente moralista y emplea en él unas formas totalmente violentas. Se cree un Zeus que truena y al cual los mortales debemos temer, hecho que queda patente cuando alguien osa desafiar su voluntad o sus formas. En esas ocasiones puede ser decididamente impío. No he conocido a nadie tan vengativo. Claro que como tampoco es mala persona sino tan sólo un déspota que personifica la persistencia del patriarcado en nuestros días, también es capaz de sentir culpa y reconsiderar sus hechos, cosa que sucede generalmente unos pocos metros antes del límite y que pasa por lo regular desapercibida porque su orgullo impide que sea de otra forma. Entre él y yo se han sucedido varias veces estas situaciones, pero obviamente muchas más entre él y mi madre.
Creo yo que ella no se da del todo cuenta de esto. Tiene tanto miedo de perderlo como a mi padre, siente tanta culpa de que él nos haya dejado aunque se jacte de que ese fue su gran logro, que es algo así como un juguete ciego, víctima de las pasiones y humores de Aitor. Y yo que ya lo he pensado mucho, se lo planteé de dos o tres maneras diferentes, haciendo para ello un esfuerzo porque me molesta que me subestimen por mi edad, cosa que ella hace generalmente, como si yo no tuviese la oportunidad de tener mis propias opiniones y perspectivas, pero siempre fue inútil. No quiere escuchar. No quiere entender que las cosas podrían ser mucho mejor y que no hay necesidad de que viva con miedos, llorando en silencio, en un mundo de fragilidad en el cual no puede moverse por miedo a que se derrumbe todo. Pero es una necia, y como dice Aitor, no hay peor sordo que el que no quiere escuchar. Estas son las razones por las cuales con el correr del tiempo me convencí de que ella se merece lo que le toca. Al principio me angustiaba su ceguera, me desesperaba ver cómo ella perpetuaba su esclavitud, pero luego de mucho sufrir decidí que si bien la quiero mucho, yo no soy como ella. Si ella no se ayuda, nadie lo hará, y aceptar eso me ha resultado difícil pero también muy liberador.
Es cómico, ¿sabés?, pero es un poco la filosofía de vida de Aitor la que he adoptado. Los otros dias discutiendo de política le dijo a un señor algo así como "el fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que se merece". Terrible, ¿no?. Mamá enseguida se mostró en desacuerdo, diciendo "mirá la barbaridad que decís", "vos querés que vuelvan los milicos" y qué se yo cuanta otra cosa. La discusión se puso acalorada y me perdí el final porque me mandaron a la cama. Pero me quedé pensando y creo que es muy interesante plantearse las cosas así. Creo también que Aitor hablaba de mucho más que de política y que mi mamá no se dió cuenta otra vez. Y sabés qué, Graciela, creo que mi mamá se merece lo que vive hasta tanto no haga méritos para merecer otra cosa. Aitor es insoportable, eso no dejo de cuestionarlo, pero me parece que no es tan distinto a mi hermanito o tantos otros nenes que buscan que les presten más atención poniéndoles límites. Creo que Aitor avasalla y se impone esperando chocar con otra voluntad, con alguien que le ponga un límite, justo aquello que desde chico no ha tenido y que creo tiene asociado con la ausencia de su propio padre en su casa. Y estoy convencida de esto por lo siguiente. Como yo le pongo límites, como yo cuestiono aquellas decisiones que considero arbitrarias hasta el punto que perdemos horas discutiendo, estoy segura que él me quiere más a mi que a mi mamá. Mucho más si consideramos al respeto como una forma sofisticada de amor en Aitor. Lo que me han terminado de confirmar esto han sido los celos y las pequeñas maldades que mamá ha tenido para conmigo ultimamente, en especial por las claras diferencias que hace con mi hermanito.


Desde una habitación contigua al consultorio se escuchaba la voz de Graciela llamando a Dolores. Cuando ingresó desde una puerta lateral a la pequeña habitación en que se encontraba Federico se mostró sorprendida porque no sabía que él ya estaba allí esperando su turno y algo molesta por el hecho de que cuestiones cotidianas y hogareñas quedaran expuestas ante un nuevo paciente, pero ya sabía que ese era el precio de tener el consultorio en el propio domicilio.
Hola Federico, buenos días, dijo ella con soltura. Buenos días Graciela dijo Federico saliendo de su estupor. En eso, la pequeña se incorporó de un salto y corriendo desde el consultorio fue al encuentro de su madre. ¿Dónde estabas Dolores? Te dije mil veces que no quiero que juegues en el consultorio. Aitor y tu hermano te están esperando en el auto. Apurate por favor.
La pequeña sonrió, se despidió de su madre y del desconocido, corrió en busca de sus útiles escolares y tan pronto como los levantó, corrió hacia la puerta que daba a la calle y salió a través de ella cerrándola con violencia.
Pasá al consultorio Federico, por favor, enseguida estoy con vos, dijo Graciela dirigiéndose nuevamente a la puerta que daba a su hogar y por la cual había ingresado buscando a su hija.


9.5.08

Soy estepario

Quizás no sea así siempre, pero me permito la licencia: tomar distancia implicará algún día el regreso fresco y con los sentidos avivados al lugar u objeto del cual nos alejamos. Tomar distancia es zarpar para algún día retornar y embriagado reconocer el propio terruño, en sus particulares texturas, colores y aromas, en su constante evocar mistificante. Porque cuando se regresa, la experiencia es más compleja que cuando se conoce por primera vez. Con el regreso se asiste al diálogo entre el asombro y la inocente alegría del ayer, y la madura excitación, la nostalgia feliz del hoy. Con el reencuentro asistimos no sólo a la renovada presencia del objeto ausente, sino además a una suerte de perfección, que no es otra que aquella que consiste en la voluble, fugaz e inequívocamente inasible conjunción de juventud y sabiduría. Los ojos entonces brillan extraños, porque el niño que descubre es ahora sabio y ya conoce lo descubierto, porque el anciano que añora es joven y se sorprende ante lo ya conocido. Aceptar altivo el desafío del éxodo reditua en odisea. Hacer del propio relato una épica es quererse a sí mismo un poeta abierto a la belleza.
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Regresar a la estepa es para mí, desde que ha dejado de ser el escenario normal de mi cotidianeidad, una experiencia intensa. Con sus doradas y agrestes sinuosidades contrastando con el más nítido de los cielos, escondiendo en su presunta aridez un cúmulo de vida tan rico como el de cualquier otro bioma, se me antoja uno de los paisajes más bellos que jamás haya visto, en particular a la hora del ocaso.
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Ni siquiera como patagónico - o a pesar de serlo - pude escapar al prejuicio según el cual la Patagonia es bella en su cordillera y es salvaje en su costa, pero desértica entre sus dos extremos longitudinales. Desde pequeño somos inducidos a asociar colores como el verde y el azul con naturaleza y vida, a la vez que nos enteramos que en el imaginario popular desierto es sinónimo de nada, y allí donde hay arbustos achaparrados y no frondosos bosques nos encontramos con un valiente intento, merecidamente digno de reconocimiento, pero que no escapa de ser, sin eufemismos mediante, naturaleza atrofiada.

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Tuvieron que pasar los años, tuvo que interponerse entre nosotros la distancia y con ella la experiencia de lo distinto, tuvo quien observa que trocar en otro, para poder hoy discernir e identificar las particularidades que si bien antes no eran desconocidas, si eran ponderadas con cierta injusticia. A diferencia de lo que podría haber pasado años atrás, en los días en los cuales culpaba a los Andes por egoístamente acaparar el grueso de las lluvias que provienen del frente húmedo del Pacífico y excusaba a mi Patagonia en un relato afectado, dando cuenta de los enormes bosques de araucarias que vistieron lo que hoy es estepa, petróleo, gas y bosques petrificados, sin olvidar la enorme biodiversidad con la que contaban esas tierras en el jurásico, hoy me encuentro más proclive a señalar que una de las razones por las cuales la Patagonia es facilmente percibida como una tierra mítica es por la inmensidad que alberga su horizonte, por la exagerada proporción de esa bóveda que tiene por cielo y por como la estepa corta violentamente en bahías, acantalidados y ensenadas habitados por miles de llamativos mamíferos y peculiares aves, o por como con símil violencia se alza en granito hasta el cielo como si lo tocara. La Patagonia es agreste, virgen y bella porque es la diosa estepa, aquella quien tiene por pies dos océanos y por cabello bosques de araucarias, lengas y ñires.

Tengo por patria mi infancia me dijo hace unos días un buen amigo que atesoraba esas palabras. No distan de decir, a lo que también adhiero, llevo por patria mis afectos. Y así como mi viejo huele a álamos en otoño o mi vieja es la caricia calurosa una tarde fría de invierno, las risas con mis hermanos suenan como el viento que barre la estepa. Conozco pocas formas de paz como observarla teñirse de los colores del ocaso, pocas maneras de conciliar mejor el sueño que al arrullo de su viento, pocas formas de templar mejor el espíritu que caminándola con frío, viento y nieve, pocos silencios más profundos que los que uno pueda disfrutar en ella un día sin Céfiros ni Eolos.


8.4.08

Ciencias exactas